Martes | 21/11/2017





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Los Cuentos de Encarnación | #139


¡Cuida'o que me rompen los huevos!

Yo espero que ustedes, mis queridos lectores, no se aburran de mis cuentos de colas, buses, metro, etc., etc., etc.; porque acá les traigo otro...



Para nadie es un secreto que el transporte público está particularmente difícil: pocas unidades de transporte, conductores queriendo cobrar aumentos que no han sido autorizados y mucha gente caminando o tratando de ir y venir de sus hogares a sus trabajos como pueden, sin que les pegue mucho en el poco presupuesto que disponemos. En pocas palabras, hoy es un verdadero acto de voluntad salir a cumplir con nuestra jornada laboral.




Un día de esos en los que no venía particularmente agotada (me sentía normal, pues), me tocó esperar una hora por la primera camioneta (autobús) que debo tomar para ir de mi oficina a casa. Me tocó viajar de pie y cuando llegué a la segunda parada a esperar por el próximo transporte, ya mis pies me preguntaban qué pasaba.

Casi una hora de espera por ese segundo bus me dejó un poco de mal humor, todavía no me estaba volviendo loca aunque mis rodillas eran las que se hacían sentir en ese momento; pero la gente a mi alrededor parecía ya un poco desesperada (muchas personas toman mi misma ruta para llegar al ferrocarril y continuar una o dos horas más de viaje). Total que el ambiente se estaba tornando "difícil".

Llega el bus, el bululú de gente empujándose para tratar de no quedarse esperando por sabrá Dios cuánto tiempo más, y entre el mal humor y la desesperación de los presentes, ya se empezaban a escuchar las quejas por los apretujones, cuando entre todas las voces se escuchó un el grito tragicómico de un caballero que con voz de afeminada exclamó: "¡Cuida'o que me rompen los huevos!"

Silencio. 





El señor carraspeó, engrosó la voz y continuó con firmeza: "El cartón de huevos que llevo aquí vale", dijo levantando como pudo la bolsa con las posturas de aves para que efectivamente la multitud no se las aplastara.

Risas, empezando por sus compañeros inmediatos y continuando por todos los pasajeros (yo incluida). Un momento de respirar profundo con el espíritu aligerado.

El señor continuó la rutina en un par de paradas más para advertir a los que bajaban y los que subían de la fragilidad de su preciosa carga y seguía sacando sonrisas a quien quisiera dejarse contagiar por su humor.




¿Cuántas veces se han encontrado con un comediante nato como éste? Cuéntenme a través de vida@resumendenoticias.com.ve o por @LosCuentosdeE.

¡Hasta el próximo bus!... Digo... ¡Hasta el próximo cuento!




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