Martes | 18/07/2017







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Los Cuentos de Encarnación - #127


Somos más de los que creemos

La semana pasada nuestro editor, Francisco Muñoz, perdió su teléfono celular. Quizá por eso algunos de nuestros fieles usuarios tuvieron contratiempos para recibir el RDN durante el fin de semana. Aunque uno ante una situación de éstas suele agradecer que sólo se perdió algo material, la verdad es que terminamos con un sin sabor por el hecho de no recuperar lo guardado en el aparatico: fotos, videos, mensajes, recuerdos, contactos… en fin, gestos de cariño y hasta material de trabajo que pueden significar mucho más. 



Esto me hizo recordar un episodio de hace unos cuantos años, no estaba este tema de los equipos súper, ultra, inteligentes y carísimos (para mí siempre todas esas cosas van a ser carísimas), sin embargo ya los benditos aparatos eran parte importante de nuestra vida. 

Resulta que unos amigos y yo, mientras disfrutábamos una tarde de caminata, nos conseguimos en el banco de una plaza caraqueña un teléfono bastante moderno para la época.

¡Claro que pensamos rifárnoslo primero! Pero luego la cordura nos indicó que debíamos por lo menos intentar contactar al dueño del teléfono. Para fortuna el equipo no tenía ningún bloqueo y luego la persona sí tenía un contacto llamado “Mamá”. Llamamos a la señora y le indicamos que nos habíamos conseguido el aparatico, que buscara la manera de comunicarse con su hijo para devolvérselo.




Al rato (nosotros seguíamos paseando), repica el teléfono: “Amorsote llamando”. Atendimos y efectivamente era el dueño, no su amorsote. Nos pusimos de acuerdo y esa misma tarde nos encontramos.
- “Ajá, ¿cuánto es la recompensa?
- Ninguna recompensa señor.
- ¿Pero me lo van a dar así como así?
- Sí, no necesitamos nada.
- Pero es que yo no entiendo, ¿no me van a pedir nada por devolverme el teléfono?
- No.
- Pues ¡gracias!

El señor parecía desconcertado, se fue a su carro y nosotros pretendíamos continuar nuestro camino cuando nos llamó (a gritos):
- ¡Muchachos! Es que no puedo irme sin darles nada.

Nos entregó un chocolate con leche Savoy, de esos de los tamaño familiar, que nos devoramos con el mayor gusto. Él se fue tranquilo y nosotros contentos y con el dulzor en la boca y el corazón.

Y aunque eso pasó hace tiempo, curiosamente, esta misma semana un conocido mío comentaba lo asombroso que había sido para él haber recibido de vuelta su celular luego de haberlo dejado en un local. Hablaba de lo sorprendido que estaba porque pensaba que no iba a recuperar el equipo, que quien lo encontrara se lo iba a quedar. Pues no fue así, lo contactaron de manera parecida y recuperó su teléfono.

Como verán… somos más de lo que creemos. ¿Y ustedes? ¿Qué harían si se consiguen un telefonito por ahí? Cuéntenme a través del correo electrónico vida@resumendenoticias.com.ve






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