Martes | 23/05/2017


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Los Cuentos de Encarnación - #119


Minerva, Minuto, el reloj y yo

Recuerdo como si fuera ayer el día que le envié mi primer cuento a Francisco, el editor de RDN. Ese nudo en el estómago que uno siente cuando los nervios están a punto de traicionarnos, el sudor frío en las manos... el miedo. Todavía no sé cómo presioné el botón "Enviar", supongo que en un envión de coraje decidí no dejarme autosabotear más. Ya luego ustedes harían el resto... al punto que llevamos 119 martes encontrándonos.

Pero, resulta que no soy la única. Hay más de una "escritora en ciernes" por ahí, con miedo de hacer el clic que le permita volar a su pluma. Ése es el caso de Minerva.

Recibí un correo con el asunto "Escritora en ciernes, pero...sin lectores" hace unos días. Cuando lo leí me dí cuenta que Minerva, la remitente, había sentido lo mismo antes de presionar el bendito botoncito que dice "Enviar". Es que hace falta coraje para sacudirse el miedo al "qué dirán" o peor aún al "¿seré buena/o?". Pero Minerva lo hizo.





Me contó cómo lleva tiempo escribiendo... y destruyendo todo lo que escribe (terrible), pero pensaba que quizá yo pudiera leer algo de su autoría. Adivinen qué le contesté... si nada más de leer el asunto ya sabía que nuestra historia era similar.

Se tardó un poco, pero Minerva se volvió a armar de valor y me envía el cuento que ahora comparto con ustedes, no sólo porque me gustó la pluma de la escritora, sino porque quiero que este espacio pueda ser para ella (y para todos ustedes) lo que es para mí: un oasis de pensamientos, un escape de la rutina, un momento de paz... un poco de felicidad.


EL  RELOJ Y MI PERRO
Por Minerva Castro

Teníamos un perrito, le recuerdo con muchas manchas blancas sobre fondo negro, juguetón y cariñoso, era pequeño de los que no crecen.




Mi mamá llevaba algo de tiempo dando clases a mis hermanos sobre cómo saber la hora que marcaba el reloj, no recuerdo si yo participaba de esas clases ya que era mucho más pequeña que ellos; pero, sí recordaba que dentro del reloj había "algo" que se llamaba “MINUTO”, ¡como mi perro!

En una oportunidad, mi madre nos llamó a todos y nos dijo: "¡se murió Minuto!". Ipso facto, tomé su brazo, lo bajé y me puse a ver la esfera del reloj, y le dije: "¡Mamá! ¿cómo está muerto? ¡Si todavía está ahí!".

Cuando levanté los ojos, los vi a todos llorando, ahí fue que me dí cuenta, que el muerto no estaba dentro del reloj, sino que era nuestro perrito, “MINUTO”.

¡Hasta el próximo cuento!

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