Los Cuentos de Encarnación - #123


Bebé inteligente y responsable

Porque cuando nos equivocamos... aprendemos, hoy les dejo un cuento de Minerva Castro que nos recuerda que lo importante no es ser perfectos, sino crecer...


Bebé inteligente y responsable

En el jardín había germinado una planta de pimiento picante, conocida como chirelito. Creció de una manera exuberante, parecía un auténtico arbolito de navidad cuando comenzaron a cuajar sus frutos: pimientos verdes, amarillos y rojos, adquirió  más magia todavía.

El bebé de la familia venía a pasar dos semanas en casa de su abuela materna, la disyuntiva de la abuela estaba en si arrancar la planta o dejarla y enseñar al niño que aquellas frutas no se tocaban porque picaban, decidió optar por la segunda opción.

No más el bebé llegó, su abuelita lo llevó junto al pequeño arbolito y le leyó la cartilla, mientras el niño escuchaba las indicaciones de su abuela su mirada iba desde el arbolito a la cara de su abuela, de la cara de su abuela al arbolito, como si de un partido de pimpón se tratara, y luego sonreía.


Los días iban pasando y la abuela nunca lo vio tocar esas frutas, pero sí lo advirtió admirándola; cuando eso sucedía, ella siempre aprovechaba para recordarle lo que establecía la cartilla tácita: "no se toca, no se rompe, no se lleva a la boca, porque es muy linda, pero…  pica mucho", le advertía.

Una buena mañana la abuela vio a su nietecito algo raro, sus manitas a la espalda y su boquita roja e hinchada, sus ojitos llenos de lágrimas, más no emitía sonido alguno, pero la miraba de una forma que ella no había descubierto. De inmediato se dio cuenta de qué era lo que había ocurrido, con rapidez cargo al bebé y lo llevó a lavarle su carita y sus manitas, hecho esto fueron juntos a ver el arbolito de chireles.

El arbolito estaba bien, sólo habían dos o tres chirelitos en el suelo, medio triturados o mordidos, la abuela miró al niño que la miraba entre triste y preocupado, la abuela comprendió que el bebé creía que le iban a pegar, o por lo menos regañarlo; pero se equivocó, la abuela miró al niño e intuyó que su silencio ante el dolor que le había causado la pimienta, era porque sabía que no debió hacer lo que hizo.

Su abuela le dijo: "Bebé pídele disculpas al arbolito y mándale un besito". El niño besó la palma de su manita y se lo lanzó a la bella planta, luego miró a la abuela y otra vez al arbolito, como si de un partido de pimpón se tratara y sonrió.

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