Los Cuentos de Encarnación - #121


Ramón y las pencas

Mi más reciente colaboradora, Minerva Castro, sigue productiva y me envía este pequeño cuento que, para ser honesta con ustedes, no sólo me dejó una sonrisa, sino que me hizo recordar tantos episodios parecidos que vivimos acá en nuestro país igualitos a ése… No les digo más y ¡qué viva la solidaridad!


Ramón y las pencas

Eran tiempos inmensamente difíciles, pero aquél grupo de trabajadores, que se encontraban allí, en la cima de aquel bello paraje, específicamente en la cumbre de “Chivisaya”, en la isla de Tenerife (Islas Canarias), estaban desde muy temprano inmensamente  afanados limpiando y aplanando el terreno para que en un futuro cercano fuera posible el traslado de máquinas y herramientas de mayor envergadura, pues en esos momentos solo podían trabajar con sus manos, picos, palas y otros instrumentos de pequeña extensión.

Como es sabido en este tipo de labores, a la hora de almorzar y al grito de ¡hora de comer!, todo el personal se reunía para buscar las diferentes bolsas que contenían sus respectivos alimentos, traídos de sus hogares. Cada vez que esto sucedía, un compañero de nombre Ramón automáticamente se separaba del grupo de amigos y comía aislado.

A medida que los días iban pasando, viendo el carácter alegre y dicharachero de su compañero de faenas, al grupo de trabajadores le entró la curiosidad de saber por qué ese antojo de comer solo de Ramón, así que se pusieron manos a la obra para averiguar sus razones.

Cuál no sería su sorpresa cuando descubrieron que lo hacía por vergüenza, no quería que se enteraran de que su situación familiar era tan precaria, que su comida sólo consistía de pencas de tuna cocinadas (llamada también “bardo” o “pencón” en esas islas y “nopal” en México, es un cactus sumamente apreciado por el campesino canario, pues de él se obtenía muchísima comida perecedera y semi-perecedera).

A partir de ese día y sin hacer alusión a su descubrimiento, todos y cada uno de ellos a la hora del almuerzo y de la forma más natural posible, gritaban: “¡Ramón! Mi mujer me puso mucho de esto o de aquello”, y le compartían un trocito de tortilla con pan, media manzana o una sardina asada. A lo que Ramón siempre contestaba: “¡Ah bueno! ¡Gracias!”.

Ramón nunca comió junto a sus (ya) amigos, pero a ellos tampoco les importaba, pues lo veían feliz y dicharachero y con eso para ellos era suficiente.

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