Alma & Escena - Nro.29


La eterna noche de Molly Bloom
O la brusca partida de María Fernanda Ferro

Tuvo que haber hecho más cine, tuvo que haber formado a más jóvenes, tuvo que ser mejor valorada en las artes escénicas venezolanas… pero su prometedor perfil quedó truncado. La actriz María Fernanda Ferro partió este 10 de abril de 2017 dejando sin su verdad a las tablas venezolanas.



La sorpresa y los elogios por su desaparición no se han hecho esperar… “Te fuiste muy pronto, de modo abrupto, del mismo modo en que irrumpías en el set y te robabas la cámara que siempre fue tuya”, escribieron las cineastas Mariana Rondón y Marité Ugás, quienes la dirigieron en las películas A la media noche y media (1999), Postales de Leningrado (2007) y El chico que miente (2011).

Otro tanto agregó el crítico de teatro, Luis Alberto Rosas, al referirse a ella como una “diosa del teatro”. “Gracias por llenarnos de inolvidables personajes y demostrar en cada actuación tu maravilloso talento, disciplina, seriedad y compromiso de artista”.

El joven director teatral, Vladimir Vera, por su parte, la reconoció como “una de las mejores actrices de Venezuela. Alguien que transformó el teatro venezolano, a quien nunca se le dio el valor que tuvo en la escena venezolana”.

María Fernanda Ferro Marotta desarrolló la mayor parte de su carrera en el Centro de Creación Artística TET. De la compañía, fundada por Eduardo Gil en 1972, formó parte por 25 años, 15 de los cuales fue coordinadora del Programa de Formación.

Desde 1983 su nombre comienza a figurar en los montajes del TET: Ahora seremos felices, ahora podemos cantar, que dirige Guillermo Díaz Yuma y Francisco “Pancho” Salazar, sería el primero. En 1986 forma parte del elenco de Jacobo o la sumisión, de Ionesco, dirigida por Salazar, y dos años después, integra el equipo actoral de La tragedia de Ricardo III de Shakespeare, dirigida por Salazar y Elizabeth Albahaca, la que más la dirigió en escena.

La década de los 90 se abre con premios y reconocimientos de crítica y público para María Fernanda, quien tras su trabajo en Hamlet, recibe el Premio Marco Antonio Ettedgui de 1991 como Mejor actriz.

De 1991 a 2001 Ferro actúa en varios montajes dirigidos por Albahaca, quien como discípula de Grotowsky, le imprimió su sello al estilo de la actriz. Ferdydurke de Gombrowicz (1991), El sueño de la razón produce monstruos, basado en El proceso de Kafka (1993) y Demonios de Dostoievski (1994), son algunos de los montajes en los que participa. Por cierto, Demonios gana Premio Municipal de Teatro 1995, con Ferro como Mejor actriz.

Tras Señorita Julia de Strindberg, El proceso (segunda versión), El Rey se muere de Ionesco, y El jardín de los cerezos de Chejov, participa en montajes más ambiciosos como La cena de Manfridi y El amor de Fedra de Sarah Kane, ambos dirigidos por Marc Caellas, y Vírgenes negras, proyecto del Goethe-Institut que contó con la dirección de varios artistas.

Pero sin dudas uno de los proyectos que más satisfacciones le brindó a María Fernanda Ferro fue el monólogo La noche de Molly Bloom, estrenado en 2004. Se trata de una adaptación del último capítulo del Ulises de Joyce, en el que una mujer, la ambigua Penélope del protagonista Leopold Bloom, deja fluir libremente sus pensamientos.

Ferro llegó a estar en Polonia en el marco del evento “Encuentro con mujeres notables”, durante el Festival en Homenaje al director Jerzy Grotowski, donde presentó precisamente La Noche de Molly Bloom.

En 2007, a propósito de su participación en la cinta Postales de Leningrado, decía: “Yo siento que el teatro prepara al actor. Un actor necesita cierto instrumento, conocerse física y emocionalmente muy bien. Es un gran terreno de cultivo para poder estudiarte, para saber que eres hijo de alguien”.

Y en otra conversación con el crítico Edgar Moreno-Uribe se preguntaba: “¿Por qué se ha dado una estampida del público hacia las obras llamadas ‘ligeras’? Hay que reflexionar el por qué de este fenómeno, que es el tema angustioso en algunos compañeros del medio ¿Por qué se ha dado? No es que estas obras no sean teatro. Creo que la posición no es criticar a esos espectáculos. Creo hay una circunstancia social. Cada vez se está haciendo más difícil tener el tiempo de ensayo exigente que se necesita para crear, cada vez se le está haciendo más difícil a los actores mantenerse y sostener el trabajo en el tiempo para lograr resultados artísticos. El arte teatral no es fácil, requiere un tiempo de digestión, un actor preparado, un tiempo de ensayo”.

Ferro se disponía recientemente a dictar en el Centro Cultural Chacao el taller El trabajo invisible del actor, pero su salud no se lo permitió.

Hoy la recordamos como una de las mejores actrices de Venezuela, como la mujer que fue fiel al teatro como forma de expresión, como la artista que dejó su piel en cada personaje…

Fuente: Ángel Ricardo Gómez

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