Martes | 01/11/2016


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Los Cuentos de Encarnación - Nro.98


DE REGRESO A CASA EN EL METRO

No, éste no es otro cuento de Encarnación, es un cuento de William J. Méndez, y les digo la verdad, me dio la impresión que deja colar mucho sus opciones políticas, pero también creo que habla desde su honestidad, desde sus sentimientos, y por eso lo comparto. Escribir es una catarsis, pero también es un acto de paz, porque es como si el papel (o la PC) absorbiera todo lo malo y dejara los sentimientos en lo más bruto de su ser.

Entonces, antes de leer quítense los prejuicios, y lean pensando que es alguien más con historia que contar, con tristezas y alegrías, con algo que decir...

De regreso a casa en el Metro

Con el terror en sus ojos, y mirando a los lados, en diagonal rápidamente cruzó la avenida, y en dos saltos entró al metro  en  Gato Negro. Casi tropezamos. De la mano lleva a un niño, su hijo. Va de prisa, huyendo de la inseguridad de la zona. Acaban de matar a alguien. Solo se escucharon unos cinco tiros, seguidos de la algarabía y correr de la gente. Una situación común en cualquier lugar de Caracas y del país. Le urge llegar pronto a Petare  donde debe hacer una cola para el jeep que la sube hasta Carpintero. 
Todo el trayecto hasta su casa, si tiene suerte, le tomara casi hora y media; y mientras más tarde mayor es el riesgo,  porque allá también la situación es peligrosa.

En lo que va de mes, y según las noticias, por la zona ya ha habido unos seis muertos en actos violentos, sin contar el que lincharon y quemaron vivo en los Ruices al confundírsele  con un atracador. A un señor, que salió en ayuda de otro que había sido asaltado, las personas que por allí pasaban  lo confundieron con el ladrón. La gente, indignada por la ausencia del Estado, como en toda Venezuela, lamentablemente decidió hacer “justicia” con su propia mano. El malandro huyo mientras que el señor, gravemente herido, fue llevado a, primero al Luciani y después al Pérez Carreño, donde murió. En ambos no había los insumos necesarios para atenderlo adecuadamente. El  malandro, al parecer, sería un adolecente, lo cual lo hace todo un hijo de la revolución. No podría afirmar donde hay más inseguridad. Si en Gato Negro, en Petare o en Carpintero. En el barrio “al menos” se sabe quiénes son los malandros. Todo el mundo los conoce, pero nadie los denuncia porque son una banda muy grande y organizada. Se les teme.  Incluso están mejor armados que la misma policía, y hasta exhiben radios de comunicación, como los de la guardia o de la policía  bolivariana. Como pasa en todo el país.

Pasadas las cuatro y media, ella entra al tren. También entro y a mi espalda las puertas cierran. Ya el vagón va atestado, como siempre a esa hora. El tren avanza y el aire acondicionado hoy no funciona. El calor se hace sentir de inmediato, más que el de allá afuera.  Como puede se arregla hacia un lado, intentando proteger a su niño con su cuerpo. Este parece de cuatro, no más, y ella no más de treinta. Es muy joven, pero su delgadez y humilde vestimenta le avejentan; le hacen aparentar más de cuarenta. En Agua Salud la puerta abre y entran más pasajeros. La empujan. Ya no cabe un alma, pero la gente insiste, necesitan regresar a casa y se apretujan más.

La observo. Mirada perdida, triste, apesadumbrada. Cabeza inclinada como ocultando sus penas. Esfuerzo innecesario porque nadie la nota. Quien entra al Metro al final del día se torna invisible. Nadie se fija en nadie. El país va reflejado en sus rostros, todos con su carga a cuestas, inmersos en sus preocupaciones. Ella no es la excepción. Todos van, quizás, pensando en la estrategia  de mañana. En cómo hacer realidad la utopía de comprar los todos productos en un solo lugar y en una sola jornada, pero sobre todo que alcance el dinero…!, y que al menos quede para los pasajes del resto de la quincena. Un propósito que desde hace rato es imposible. Invasiones, expropiaciones forzadas, control cambiario de casi catorce años, control de precios “justos”, baja producción, racionamiento, numero de cedula, bachaqueros, colas, inseguridad… diría el gobierno, para justificarse, “guerra económica”.

A pesar del niño nadie le ofrece silla: nadie la ve pues “es invisible”. De todas maneras es imposible moverse dentro del vagón por la cantidad de personas. Afortunadamente alguien sienta al niño sobre sus piernas, “para ayudarla”. Después de unos segundos, y de la señal, se cierran las puertas y el tren reanuda su marcha, e instantes más tarde llega a Caño Amarillo. Nadie sale, nadie entra. No hay espacio. Nuevamente el tren tarda en continuar la marcha.

Cada día el trayecto parece hacerse más lento. Son muy comunes las pausas en túneles y estaciones. Incluso con los nuevos trenes la calidad del servicio ha desmejorado. Lo que debería ser un recorrido agradable más bien termina convirtiéndose  en una tortura. Deberían colocar más trenes, o en todo caso construir aquella línea que, según el proyecto original del sistema, iría por el norte  y en paralelo a la línea 1, desde la Pastora (o antes) hasta La Urbina, pasando por San Bernardino y Boleíta Norte. Eso aliviaría la carga de esta ruta. En el resto, muchas estaciones están sucias, mal olientes y oscuras; adornadas con perros callejeros que deambulan hasta en los andenes. Quizás pronto los veamos incluso dentro de los trenes. Muchas escaleras mecánicas no funcionan, y las personas de la tercera edad tienen que recurrir a las interminables escaleras fijas.

Dentro de los trenes abundan los buhoneros (que “están prohibidos”), pero también choros disfrazados de buhoneros. En el último año se han reportado graves incidentes dentro de los trenes como atracos masivos, aunque el gobierno lo niegue. Ayer, por ejemplo, siendo pasadas las 8 de la noche, iba con mi familia en metro rumbo a  Palo Verde. Cuando este se detuvo en Los Cortijos, en el vagón de al lado se produjo  una balacera que nos obligó a salir en estampida. La gente aterrorizada corría escaleras arriba para dejar el lugar. Seguro hubo heridos, y quizás hasta muertos. No nos quedamos a averiguarlo. Tuvimos que continuar en taxi para llegar a casa.

En el metro también abundan los que piden limosna (igualmente prohibidos) para comprar medicinas que ya no se encuentran en las farmacias; o para hacerse tratamientos que el “gobierno revolucionario” es incapaz de cubrir en los hospitales públicos, carentes de insumos y de médicos; o en los privados, por no cancelar oportunamente las pólizas de los seguros médicos de nuestros empleados públicos..!. Son  los cuentos que no son cuento. Todo eso es parte del calvario que a diario los caraqueños viven en el subterráneo, porque el resto lo padece allá arriba, en la superficie.

Por el sonido anuncian que estamos llegando a Capitolio, y unos segundos después el tren se detiene y la puerta se abre. Afuera hay muchas personas que quieren entrar, pero no hay lugar. Con dificultad algunas personas salen, obstruidas por las que intentan ingresar. Vuelve a estar atestado. Así va, así es siempre. De estación en estación, lento y atestado. La Hoyada, Parque Carabobo, Bellas Artes Colegio de Ingenieros… El Tren tarda  en continuar su marcha. El tiempo vuela mientras el tren espera, y el niño agarra la mano de su madre, “para que no se le vaya”.

En Plaza Venezuela una multitud sale y otra entra. Por fin un asiento libre y ella logra sentarse y coloca al niño sobre sus piernas. De nuevo lo acaricia y el vagón vuelve a estar repleto. Esta vez quedo justo frente a ella. El tren reanuda la marcha… Sabana Grande, Chacaíto, y de nuevo estacionado por más de dos minutos. El operador anuncia que “pronto reanudará la marcha”, segundos después avanza. En Chacao, salen cuatro entran cuatro; Altamira, seis y siete. En Parque del Este, renombrada desde hace algunos años como Miranda, salen varios y nueva pausa, mientras la mujer una vez más acaricia a su hijo. Este, levantando la cabeza, acerca su boca al oído de su madre y con dulce y delgada voz le dice “mami, tengo hambre”. Ella, entrecerrando los ojos, inclina su cabeza hacia adelante apoyándola sobre la de su niño, y mientras aprieta el puño en que lleva un viejo pañuelo, dos silenciosas lágrimas corren a los lados de su nariz y van a depositarse sobre sus labios, que disimuladamente seca con dicho pañuelo. La mujer llora en silencio.

Se cierran las puertas, y el tren continúa su marcha. El movimiento la saca de su abstracción, y con nerviosismo levanta la cabeza para intentar ver la estación donde está en ese momento, pero ya la velocidad del tren se lo impide. Entonces, y todavía algo distraída, intenta mirar el mapa de rutas del metro que está sobre su cabeza y detrás de sí, como si así pudiese saber cuál había sido esta última estación. La observo y le indico que era Parque del Este, Miranda y con casi un susurro me da un débil gracias…!.

Esta vez no hubo demora, el tren rápidamente partió y llegó hasta Dos Caminos, donde salieron varias personas y otras entraron, cerraron las puertas y el aun atestado tren nuevamente continuó la marcha. Ella, otra vez sumida en sus preocupaciones, nuevamente quiso ver el nombre de la estación. Esta vez si lo logra. Respira, parece aliviada. Su hijo entonces levanta los brazos y los pasa sobre el cuello de su madre, y nuevamente le dice al oído “mamá, que tengo hambre”. Esta vez la anciana a su lado también escuchó la súplica. Dos nuevas y silenciosas lágrimas volvieron a surcar sus mejillas, y nuevamente el viejo pañuelo fue el cómplice. Diez segundos más tarde y como impulsada por un resorte, levantó la cabeza y con ojos aún humedecidos preguntó si ya había pasado Petare. Le respondí que no, que era Dos Caminos, respiró aliviada y agachó la cabeza mientras le surgían dos nuevas lágrimas difíciles de esconder. El viejo pañuelo volvió a trabajar. Mientras el tren, ya en el túnel, de pronto perdió potencia, aunque continuo deslizándose producto de la inercia, hasta que finalmente se detuvo y el operador indicó la posibilidad de tener que desalojar el tren en la siguiente estación, por falla técnica. Afortunadamente no se concretó. El tren recupero su potencia y continuó.

Ya en Los Cortijos, estación donde ayer se presentó el evento, las puertas abren y un grupo de personas salió y otro entró, y sin contratiempos volvieron a cerrar, y el aún atestado tren rápidamente salió rumbo a La California, y nuevamente, la distraída mujer volvió a preguntar si ya habíamos pasado Petare. Era obvio que  sus pensamientos no estaban en el trayecto, aunque lo intentaba. Llegamos a La California, y esta vez parecía estar más atenta. Nuevamente, y mientras las personas se afanaban por salir unas y entrar otras, el niño volvió a repetirle en los mismos términos su reclamo: “mami, tengo mucha hambre”. El tren volvió a iniciar su marcha y esta vez de sus ojos cerrados se escaparon dos gruesas lágrimas, y con ternura lo abrazó hasta llegar Petare, su lugar de destino. Son casi las seis. El tren se detiene y abre sus puertas. La gente se atropella por salir; todos parecen llevar prisa. Ella también. La veo alejarse acompañada de sus aflicciones. Dice el refrán que nadie conoce más de las goteras de la casa que quien allí habita. Desde adentro, y mientras intento tragar ese nudo en la garganta,  la observo alejarse por el pasillo y perderse entre la multitud rumbo a otra escalera mecánica que no funciona.

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