Martes | 11/10/2016


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Los Cuentos de Encarnación - Nro.95


FUERZA DE VOLUNTAD

Fuerza de voluntad, muuucha fuerza de voluntad es lo que se necesita para hacer lo correcto. Yo lo sé: no es nada fácil. Especialmente cuando ves que todo el mundo hace lo que le da la gana y tú pareces el único pendejo tratando de hacer lo correcto. Además que hay momentos de particular premura o angustia que te ponen la tentación de romper las reglas justo en frente y a tirito…

Fuerza de voluntad, muuucha fuerza de voluntad eso fue lo que necesité en estos días, y una señal divina también, que llegó cuando más la necesitaba. Les cuento:

Para los que no viven en Caracas o no usan en el metro (sí, aquí viene Encarna con otra de sus historias del metro), en la transferencia a la Línea 3 hay un sistema que yo, particularmente, valoro y respeto: discriminaron los andenes para embarco y desembarco. Es decir, si usted desea abordar un tren de línea 3, no sólo tiene todo un andén para hacerlo, sino que no le toca dejar salir a nadie porque ya todo el mundo se bajó en el andén de enfrente.

Eso es maravilloso, evita mucho congestionamiento, especialmente durante las horas pico. Aunque justamente durante esas horas no hay mucho orden, la verdad es que sería peor si no tuviéramos ese sistema.

Pues resulta que una cuerda de aprovechados (por decir lo mejor de ellos) se ha dado a la tarea de esperar en el andén de desembarco para montarse en el tren vacío y viajar sentados a su destino, sin hacer la respectiva cola o mínimo sin haber esperado, como todos los demás, para montarse en el tren.

Me dirán los que justifican ese tipo de comportamientos: “es que va con una niña pequeña”, o “es que es una señora mayor”, o “es que está preñada”, o “es que está recién operado”… En fin, he visto personas en muletas, con bebés recién nacidos (lo que implica que la madre está delicada aún), abuelas de todas las edades y pare usted de contar gritándole “¡Abusador!” a alguien que se está haciendo el vivo.

Lo cierto es que, cuando hubo el último paro de transporte, la cosa se tornó un descaro total, los trenes se vaciaban y allí mismo se llenaban. Cuando llegaban al andén de embarque casi nadie podía montarse. Evidentemente la molestia era por los dos lados: los que se bajaban cómodamente, no lo podían hacer porque había gente en las puertas esperando para montarse; los que tratábamos de montarnos por el lado que es veíamos con frustración que nos íbamos a tardar el doble porque ya los trenes venían full… En fin.

Fuerza de voluntad, muuucha fuerza de voluntad necesité ese día para quedarme en el lado del embarque, esperar todo lo que esperé y soportar todos los empujones y pisotones que soporté, sólo para no mudarme de andén… y mi señal divina: un pobre operador de metro haciendo un esfuerzo sobrehumano para evitar que los abusadores se salieran con la suya me hizo decirme a mí misma: “Mi misma, no le des más trabajo a ese pobre señor, quédate tranquilita que llegarás a tu casa cuando tengas que llegar”. Y así fue.

No dejen de relatarme sus luchas a través de vida@resumendenoticias.com.ve o por @LosCuentosdeE. ¡Hasta el próximo cuento!

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