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Los Cuentos de Encarnación - Nro.92


ESAS CONTRADICCIONES DE SER MAMÁ

Hoy tenemos una colaboración de una de mis compañeras de RDN: Judith Rodríguez, quien escribe nuestra columna de cine de los jueves, Para Ver, nos comparte algo de su experiencia.

Esas contradicciones de ser mamá

Yo siempre quise ser mamá, soy una "Susanita" empedernida (aunque no comparto todas las aspiraciones de ese personaje para con sus hijos). Desde hace un año y tres meses tengo la dicha de ser la mamá de un niño maravilloso, "sonrisitas" lo llaman, porque siempre tiene una en sus labios para saludar a quien se consiga por delante.

Disfruto un montón el tiempo que pasamos juntos... pero, desde que comencé a trabajar tiempo completo, poder dejarlo en una guardería ha sido un gran apoyo.

Como todos saben los períodos vacacionales de padres e hijos no siempre coinciden, y ése es mi caso también. Este año, mis vacaciones terminaron y la guardería no había comenzado. Me tocó traerme a mi niño a la oficina, y con él: dos desayunos y dos almuerzos (lo mío y lo de él), la merienda, los cambios de pañales y de ropa (por si acaso), la manta, el coche (que me llevé el primer el día y lo dejé en el trabajo para no andar para arriba y para abajo con ese mamotreto encima) y unos juguetes para que se entretuviera.

Todas las mañanas parecía una mezcla de tortuga con canguro: por detrás el morral, a punto de explotar con el perolero, y por delante el niño. Viajar en el metro y/o autobús, era siempre una odisea así que me alternaba entre ambos medios de transporte, cabe destacar que siempre había un alma solidaria que me cediera un puesto (o en su defecto alguien que pegaba un grito para pedirlo por mí).

Llegar a la oficina y de inmediato comenzar a trabajar cambió a: llegar a la oficina, darle desayuno al niño, tratar de entretenerlo mientras estaba en la PC y evitaba que no tocara el teclado y enviara algo por accidente o se pusiera a jugar con un cable; cuadrar las reuniones para que coincidieran con las siestas y aprovechar al máximo el tiempo mientras dormía; pasearlo por lo menos una vez al día, en coche o a pie; darle el almuerzo y la merienda (después de la siesta), siempre con su teta a libre demanda; jugar con él... y hacer mi trabajo.

Al final del día el agotamiento no era normal y, como todos saben, hay que llegar a casa y continuar en las labores hogareñas (mínimo fregar y cocinar). Como se podrán imaginar, dormir no era un problema.

Luego de la primera semana, sabiendo que me quedaba una por delante, llamé al equipo táctico de apoyo: mi madre. Anhelé su presencia desde el momento que le pedí que viniera y vi el cielo cuando llegó, porque ella no sólo cuida a su nieto de mil amores, sino que (como abuela que se respeta) no puede estarse quieta y se pone a ayudarme con otras cosas en la casa.

Al primer día de su arribo salí liviana de mi casa, con un bolsito pequeño. Llegué a la oficina y allí comenzó el despecho... extrañar a mi hijo se convirtió en la tarea del día, mandar mensajes y llamar a mi madre cada tanto fue la constante. Salí desesperada por llegar a casa y abrazar a mi pequeño y casi lloro de emoción cuando me recibió sonriente y me tendió sus bracitos para que lo cargara. Con todo, recuerdo que fue un día extremadamente productivo, laboralmente hablando.

Ya esta semana comenzó la guardería, mi madre se fue y nuestra rutina comienza a tomar ritmo, mi hijo y yo nos estamos adaptando a nuestras ausencias y aprendiendo de ellas (sí, ambos lloramos un poco al separarnos).

Por mi parte, seguiré contradiciéndome, queriendo pasar el día con mi hijo y al mismo tiempo queriendo rendir al máximo en el trabajo, sin poder hacer ambos y con sentimientos encontrados todo el tiempo, porque creo que es parte fundamental del camino que emprendí cuando decidí ser madre: decir y desdecir, una y otra vez, tratando de conciliar lo que piensas, lo que sientes, lo que quieres, lo que esperas, lo que sueñas... con la única esperanza de dar a mi pequeño toda la felicidad y alegría que él me regala en cada respiro.

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