Martes | 12/04/2016


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Los Cuentos de Encarnación - Nro.78


Y ME CONTAGIÉ

Las mujeres que leen este cuento saben que el tiempo de espera para ser atendidas por un/a ginecólogo/a puede ser prácticamente eterno (por lo menos parecer); en esas lides estaba cuando me pasó esto…

Miraba sin mirar la televisión encendida en la sala de espera, pensando en la inmortalidad de cangrejo quizá, cuando llegó una paciente con su hijo, un bebé que calculo no tendría un año. Se anunció con la secretaria, se sentó frente a mí con el crío y sacó una compota de lechoza (olor y color inconfundibles) y comenzó a alimentar a la criatura.

El bebé, adorable por demás, se quedó un rato tranquilo comiendo pero pronto se inquietó, buscó con qué jugar en el limitado espacio de la silla y al no encontrar cosa alguna se abalanzó sobre su madre con la boca llena de compota dejando una estela anaranjada por la manga de su blusa.

Yo me dije: “Nota mental: cuando tengas niños no usar ropa blanca”. Pues resulta que me lo dije en voz alta sin darme cuenta y una muchacha que estaba a mi lado exclamó: “Pues sí, que te lo digo yo que tengo dos y una de mis hijas tiene año y medio”.

Volteé, un poco apenada por mi imprudencia y (como no me gusta) comencé a conversar con la muchacha contándole que sólo tenía sobrinos pero que esperaba un día conocer en carne viva la maternidad. Ella me comienza a contar que está esperando morochos, que no le han confirmado el sexo de los bebés pero que desea que sean varones porque ya tiene dos niñas y que se va a ligar, pues “ya la grande tiene 12 años”.

Pausa, cara de asombro, exclamación interna (esta vez sí fue interna) “¡pero si esta muchacha se ve más joven que yo!”. Entonces la imprudencia otra vez permitió que saliera de mi boca un: “Pero tú, o comes años o la tuviste cuando tenías 10”. “Tenía 12”, respondió. 

Trágame tierra y escúpeme en el fondo del mar… ¡Qué pena! Traté de corregir mi desastre diciéndole, sin mentirle en lo absoluto, lo valiente que me parecía que hubiera criado a una niña siendo una niña y que siguiera trayendo vida al mundo.

Salvada un poco por la campana, me llamaron a consulta y ella quedó allí. Yo no dejaba de pensar en esa mujer y su fortaleza, hasta se lo comenté a mi doctora.

Sorpresa mía que al salir la chica me estaba esperando (íbamos con diferentes doctores que atienden en el mismo centro), y al verme, con una sonrisa de oreja a oreja me dijo: “¡son niño y niña! ¡sí voy a tener el varón!”. Brinqué de la emoción, la felicité, di gracias a Dios, me emocioné como si fuera su mejor amiga o su hermana. Mi corazón en verdad estaba alegre, ¿saben? cuando se siente como un fresquito en el pecho y no puedes dejar de sonreír.

Nos despedimos, tomamos caminos diferentes y yo con mi sonrisa. Todavía la tengo mientras escribo. ¿No es asombroso? Que tengamos la capacidad de contagiar alegría de esa manera es un verdadero milagro.

Les deseo que hoy les peguen un poquito de felicidad y que ésta les dure como a mí me ha durado la de esa gran mujer.

Recuerden compartirme sus milagros a través de vida@resumendenoticias.com.ve o por @LosCuentosdeE.

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