Los Cuentos de Encarnación - Nro.83


EL INDIO DEL MONUMENTO

Nuestro amigo Diego Gutiérrez nos había mandado este cuento hace tiempo, y aunque fue escrito con motivo de la celebración de los 500 años de la fundación de Cumaná, lo comparto ahora a ver si El Indio del Monumento nos contagia su fuerza para volver a mirar y sentir el mar...


El Indio del Monumento

He estado aquí desde hace ya mucho tiempo. Soy un indígena Cumanagoto totalmente inmóvil que tiene ante sus ojos la ciudad de Cumaná. Desde donde estoy  observo gran cantidad de cosas: árboles que dan hogar a hermosas aves, nubes danzantes en el cielo, enormes monstruos de concreto con la altura de 10 árboles a los que llaman edificios. Veo pasar cada día a hombres y mujeres, unos caminando, otros corriendo e incluso bailando y otros en sus animales de metal con ruedas desplazándose por  largos ríos negros llamados autopistas. Veo muchas cosas desde esta gran roca en la que he sido colocado. Pero nunca puedo ver lo que en realidad anhelo: el mar.

No he visto el mar en muchos años, aunque está en mi cabeza cada día. Oigo como me llama, siempre detrás de mí, con sus suaves olas. Parece que al llegar a la costa, un segundo antes de desaparecer, dice mi nombre, con una voz tan suave, casi imperceptible que se mantiene en el aire sólo unos momentos antes de confundirse con el sonido del viento, pero eso me basta para saber que sigue allí.

En el atardecer los diferentes matices de naranja iluminan los árboles, el cielo, los "edificios", y las negras "autopistas", cuando esto pasa todo parece cobrar vida, incluso yo, y es en esos momentos en los que más quiero moverme y mirar a mis espaldas, aunque sólo sea por un segundo, para ver como los rayos de luz se reflejan sobre ese mar tan vivaz, y ver también como la ciudad se mueve en él al compás de sus olas.

Hubo una vez, antes de la llegada del hombre cara pálida, en que yo solía moverme. Yo solía correr entre los árboles, y escalar las montañas junto con los de mi tribu. Solíamos jugar y reír mucho, siempre cantando y bailando, desde la mañana a la noche. Pero lo que más me gustaba era ver el mar, sólo verlo, sobre todo en el atardecer. Mientras el sol se ocultaba me acercaba  y sumergía mis pies en sus aguas y lo miraba hasta que el sol se hubiera ido. Esa era la mejor parte de mi día, me recordaba que estaba vivo y que siempre lo estaría. Pero eso cambió cuando llegó el hombre cara pálida. Cuando arribó atravesando el hermoso mar con sus gigantes botes de madera y pisó esta tierra próspera, nos encerró y nos hizo esclavos. A muchos los llevaron lejos pero a mí me dejaron en un lugar cerca de la costa, me colocaron de pie a espaldas del mar sobre una gran roca  y desde el momento en que se fueron no me pude mover y nunca más pude mirar al mar.

Sólo un hombre, uno de aquellos pocos buenos que hablaban de Dios se acercó a mí y viendo mi dolor y tristeza, subió a la roca y me dirigió una mirada de compasión, desde entonces ha estado conmigo. Varios siglos después sigo aquí y he visto cambiar y crecer esta hermosa ciudad, pero nunca he visto como se ve reflejada en el mar.

Hoy, 500 años después, con un atardecer hermoso a mis espaldas, me siento con la fuerza suficiente como para moverme de la roca. Primero un dedo, luego un pie, luego el otro, al fin me muevo, luego de tanto tiempo inmóvil puedo moverme. Me bajo de la roca tambaleando, me doy la vuelta lentamente y lo que veo me deja sin palabras: el mar. Más bello que nunca. Los rayos  naranja lo vuelven encantador. El reflejo de la ciudad en él es tan claro y vivo como si estuviera  frente a mí. No pienso más y lo único que hago es moverme hacia el mar para sumergir mis pies, mientras desde la roca el hombre que habla de Dios me sonríe dichoso.

Cuando alcanzo el mar me siento vivo y feliz y doy gracias por poder verlo otra vez y a la ciudad en él. Y pienso que me quedaré aquí hasta que el sol se oculte. Pero mientras pasa el tiempo me doy cuenta de que me quedaré para siempre ya que el sol nunca se volverá a ocultar en este mar, ni en esta ciudad llena de luces y alegría.

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