Los Cuentos de Encarnación - Nro.82


RESPIRAR (EN VERDAD)

Un buen amigo me dio un consejo muy útil en estos días: "Respira", me dijo, "trata siempre de respirar y hacerte consciente de todo, ya verás que las angustias se van disipando y sientes más paz; hasta podrás ver las cosas de otro modo".

Bueno… eso no es tan fácil como soplar y hacer botellas (en palabras de mi madre), porque hay personas que de verdad no hay manera de respirarlas. Verán: Iba yo en un metrobús, estaba un poco full y quedé cerca de la puerta delantera, todo normal; pero en la medida que me iba rodando al centro de la unidad me fue imposible dejar de escuchar una conversación entre dos pasajeras (tampoco es que las dialogantes hablaran muy bajito). La que hablaba era una señora mayor:

"Yo fui a lo de la bolsa que organizaron en El Valle y lo único que sirve de allí es el azúcar y porque es Montalbán. Esa harina CASA es como un cemento, yo la voy a botar porque no me pienso comer eso. Y el arroz, ¿usted lo ha probado?".

"Sí, el arroz es bueno, lo sofríe primero con su cebollita o ajo, o lo que a usted le guste y queda bien bueno". Respondió una muchacha que por su expresión estaba como tratando de racionar con la señora.

"¡Es que hay que freírlo primero!". Exasperó la primera haciendo como que le daba un soponcio.

Me fui para atrás… no pude más, ¡respirar un cara%&$/! Mil preguntas se golpeaban a gritos en mi cerebro: ¿Cómo en la situación que vivimos, cuando la gente hace colas, ¡COLAS!, para comprar un paquete de harina (la que haya) o arroz, alguien se da el lujo de decir que va a botar, ¡BOTAR!, un paquete entero porque no le gusta. ¿Por qué no dijo que lo iba a regalar? ¿Por qué no sencillamente preguntaba cómo mejorar el sabor del producto que no le gusta? ¿Por qué desechar un alimento de esa manera? Yo estaba que le gritaba: "¡No lo bote! ¡Démelo a mí!". Pero me fui para atrás y traté de respirar y dejé a aquella muchacha batallando sola con la obstinada señora.

Ahora, en perspectiva (y luego de haber respirado, porque cada vez que recordaba el episodio me enerbaba), la verdad me doy cuenta que la señora quizá no tiene la culpa de pensar de esa manera, con esa "facilidad", además. Yo crecí comiendo arepas de maíz pilado, mi abuela lo pilaba y tiempo después mi madre compraba la masa y esas dos mujeres, entre otras maravillosas cosas, me enseñaron a comer lo que Dios permitía poner en la mesa. Recuerdo con alegría que los días difíciles donde no había carne o pollo para comer el almuerzo era con huevo o queso, y eso era convertido en una especie de fiesta. Todavía muero por un puré con huevo sancochado o por un arroz "con todo", donde el "todo" era lo que había sobrado de otras comidas (porque mi progenitora no botaba nada), una cena de yuca con queso... es el cielo.

En fin, para mí comer bien no significa, ni significará jamás tener una marca de un producto en mi mesa o en mi despensa (o tener la posibilidad de escogerla), sino tratar de balancear mi alimentación con lo Dios me permita poner en la mesa. Hoy más que nunca doy gracias por la creatividad de mi familia para resolver cuando parecía que no tenían nada y espero que en esta época, donde lo que la gente llama alimentos "primera necesidad" están sobrevaluados (en mi humilde opinión), se despierte la de todos; no sólo para combatir las dificultades, sino para hacerlo con alegría como lo hicieron mi madre y mi abuela.

Mis queridos lectores, por favor, no sufran porque no consiguen un producto, es molesto, lo sé, y también preocupa mucho cuando hay niños en la familia; pero respiren, busquen la alternativa y si no ven alguna, por lo menos sean solidarios y lo que no vayan a usar dénselo a alguien que sí lo aprecie y lo necesite (sin sobreprecio) y que no se pierda nada, mucho menos la solidaridad que tanta falta nos está haciendo.

¡Hasta el próximo cuento!

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