Martes | 24/03/2015


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Los Cuentos de Encarnación - Nro.41


FRIJOLES DEL CIELO

Yo soy terca y bien mañosa, los que me conocen saben los extremos a los que puedo llegar con mis manías de hacer las cosas como yo creo que se deben hacer. Pero la verdad, es que hace mucho tiempo recibí una lección que me animó a probar cosas nuevas... Les cuento.

En la parroquia de mi pueblo, cada Semana Santa, se organizaban actividades misioneras. La idea era ayudar al párroco para que pudiera atender más comunidades y caseríos de las cercanías, así la mayor cantidad de gente podía participar.

Los que nos metíamos de lleno en la organización de las actividades hasta nos mudábamos al caserío que nos tocaba para coordinar allá, en directo con la comunidad, lo que se iba a hacer. Por supuesto, yo era la primera hormiga en el saco de azúcar... Me iba a veces desde el Viernes de Concilio (el viernes antes del Domingo de Ramos) para ir montando todo.

Como en esos sitios tan alejados y humildes no hay posada ni nada donde pudiéramos quedarnos, la gente de la comunidad nos arreglaba un catre, hamaca o algo para dormir, y comíamos en sus casas lo que ellos comían. La regla para todos los misioneros era: no rechazar nada que te ofrecieran en la casa (ya la gente era demasiado amable al compartir su techo y su comida como para que uno viniera a despreciarle el gran esfuerzo que estaban haciendo).

En esa época una de mis peores mañas era con la comida, era muy mala boca, no comía nada verde... mejor dicho prácticamente ningún vegetal que no fuera blanco; el pollo y la carne le quitaba todos los pellejitos que le podía ver (y si al metérmelo a la boca le identificaba uno, podía llegar a escupir el bocado) y ni hablar de los granos... apenas arroz y maíz (sólo en sopa), cero caraotas o frijoles (de ningún color)... lentejas o arvejas ¡ni por error! (sí, una dieta bastante pobre).

Cuando fui a mi primera "misión", me tocó quedarme en casa de una buena mujer llamada Marina. Esa noche no hubo mayor complicación: pan con queso y café con leche fue la cena. El desayuno: unas arepitas con queso y un guayoyo. El almuerzo fue primera sorpresa: sopa de frijoles con arroz.

Veía el posillo de la sopa y el platico con el arroz y tuve la tentación de comerme sólo el segundo, pero sabía que la pobre Marina se iba a sentir mal, mínimo ofendida. Decidí tomarme la sopa primero y lo más rápido que pudiera para luego pasar el sabor con el arroz. Respiré profundo. Creo que me temblaba la mano con la cucharilla. Hasta que ¡zas! me lo metí a la boca sin pensar más.

Señores... ¡EL CIELO! ¡Qué delicia! Me devoré dos platos ese día. Marina estaba encantada viéndome comer y luego no podía ni pararme de la silla.

Los siguientes días comía todo sin temor... Hasta le metí el diente a un pescuezo de pollo... Yo, la que sólo comía muslo o pechuga... Y Marina decía que ninguno de sus hijos comía tan sabroso como yo ¡Imagínense!

Desde entonces a donde vaya, por lo menos pruebo un poco de todo: desde sabores hasta experiencias. Por ejemplo, le temo a las alturas pero he sido capaz de montarme en el teléferico de Caracas (ojalá pueda probar el de Mérida), he comido de todo... y bebido también.

No siempre he salido con la misma buena suerte de que me guste mucho lo novedoso (una vez probé un chile picante mexicano y quería como morirme) y todavía tengo muchas mañas que curar; pero aún no me he arrepentido de intentar.

Se los recomiendo, no teman probar cosas nuevas siempre que puedan. Se podrían llevar una sorpresa tan grata, que valga todas las no tan agradables.

Y no olviden escribirme para contarme cómo les fue: vida@resumendenoticias.com.ve.

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