Martes | 27/01/2015


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Los Cuentos de Encarnación - Nro.33



UN DÍA FELIZ

Parece mentira, pero las cosas más simples de la vida son las que verdaderamente nos hacen felices.

Hace unos días repicó mi teléfono tempranito en la mañana. Lo primero que pensé: "Algo pasó" y que era mi mamá con alguna noticia fea o una emergencia, porque nunca recibo llamadas a esa hora a menos que sea en esos términos, y el susto se apoderó de mí por un momento... Cuando agarro el bendito aparato veo que no es mi madre sino una amiga... Respiro, pero sé que igual no debe ser algo muy bueno.

Efectivamente, mi amiga se sentía muy mal anímicamente, había tenido una discusión con su esposo la noche anterior y pasó la noche muy mal. Yo no estoy ni he estado casada... ¿Qué le podía decir? Escuché, traté de tranquilizarla lo mejor que pude, y lo principal: que dejara de azotarse emocionalmente buscando "culpables" de su situación, sino más bien haciéndole ver que no era el momento de eso porque estaba muy afectada. Luego de una larga conversa y unos ejercicios de respiración logré mi cometido.

Cuando vi la hora, me iba como muriendo... ¡Ya iba a llegar tardísimo al trabajo! Sin embargo, lo consideré tiempo ganado y lo que hice fue apurarme y salir como un bólido de la casa.

Corriendo (eso no era caminar) de camino al metro, veo a lo lejos a una abuela, que además del peso del tiempo tenía alguna dificultad motriz, tratando de bajar la acera para cruzar la calle. A pesar de mi velocidad no le llegué ¡y se me ha caído de espaldas! Me iba dando una cosa...

-¡Abuela! ¿Cómo es que no tiene un bastón o algo para apoyarse, así sea el palo de la escoba?- Me ve con sorpresa.
-No se me había ocurrido lo del palo de la escoba, la próxima vez salgo con eso.
-¿Va a cruzar la avenida? ¿La acompaño?
-¡Sí, gracias mi'ja!
-Vamos pues

Tenía que ir como una loca moviendo los brazos para que los carros y autobuses se pararan porque venían volados, gracias a Dios todos me vieron y bajaron la velocidad y hasta se tuvieron que detener para darnos paso, la abuela de verdad iba "pinino, pinino".

Llegando a la acera de enfrente, qué digo cientos, miles de bendiciones me dejó esa señora en agradecimiento. "Amén abuela, y acuérdese del palo de escoba" fue lo que le dije, y seguí corriendo.

Estaba clarita: mínimo una encerrona en la oficina de mi jefe por lo tarde y rogar que no me amonestaran y todo el cuento... ¿Pero saben qué? Era imposible borrar la sonrisa de mi rostro, tuve la oportunidad de ayudar a dos personas en menos de 2 horas, hacer un cambio para mejor en la vida de alguien.

Ése, sin lugar a dudas, fue un día feliz... y lo recuerdo con sendas sonrisas en mi rostro y mi corazón.

¡Les deseo muchos días felices! Y si quieren me los cuentan al correo electrónico: vida@resumendenoticias.com.ve

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