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RDN Vida - Nro.2


CON LOS BUENOS DÍAS

Parece mentira, pero yo me sigo sorprendiendo todo el tiempo del poder de las palabras. Léanse y compartan este cuento:

Hay un señor mayor que se sienta todos los días en un banquito portátil en una acera de una venida de Caracas, para tratar de evangelizar, siempre tiene su revista "Despertar" y algún otro folleto en la mano.

Yo paso frente a él toooodas las mañanas. Al principio, cuando me acercaba, el señor levantaba su revista para cumplir con su labor, y yo, como persona criada en el catolicismo tradicional, lo detenía levantando la mano en señal de "no me interesa" y seguía mi camino. A veces lo veía conversando con otras personas, pero casi siempre estaba allí, solo, esperando que alguien se detuviera para él hablarle de Dios.

Con el tiempo, cuando el señor me veía venir ya ni levantaba su folleto. Entonces fue cuando yo decidí cambiar de actitud y lo comencé a saludar con un "¡buenos dias!". Yo creo que él se extrañó, sólo las personas que lo conocían le prestaban atención. Pero amablemente me respondió con un "¡buenos días!" igual que el mío. Fue como si de repente se cayera una barrera construida por las propias religiosidades de cada uno.

El saludo se fue haciendo costumbre... hasta que un día el señor dejó de estar allí. Pasaban los días y nada; yo comencé a sentir como angustia, pensaba "¿y si le pasó algo? ¿y ahora cómo hago para contactarlo?", y las peores cosas pasaban por mi cabeza. Hasta que una mañana volvió a aparecer, no pude evitar detenerme: "¿cómo está? Tenía mucho tiempo sin verlo, me tenía asustada porque pensaba que no lo iba a volver a ver..." él sonreía ante mi reclamo, casi regaño, porque lo cumbre del caso es que seguimos siendo desconocidos (todavía hoy no sé su nombre). Entonces me dí cuenta que había entablado una extraña conexión con él sólo por decir "buenos días" todas las mañanas.

Me contó que estuvo enfermo y no había podido salir porque el frío de la mañana lo ponía peor, hablamos algunos minutos y luego seguí mi camino. Ahora, siempre que puedo me detengo, aunque son pocas las veces, conversamos de todo y de nada. Ahora el "buenos días" se acompaña por alguna pregunta: "¿cómo está?" "¿cómo sigue la salud?". Ahora, sin importar si yo practico una religión y él otra, nos damos la mano... en fin, poco a poco ha ido creciendo una amistad que nació de un simple saludo, de dos palabras.

Ojalá ustedes puedan repetir esta experiencia; espero que si han vivido algo parecido puedan contarme a través de loscuentosdeencarnacion@gmail.com

¡Hasta el próximo cuento!

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