RDN Destinos - Nro.23


La Llovizna y su fuerza alucinante

Por algún accidente de la vida un avión me llevó a Puerto Ordaz ida por vuelta. Sin embargo, tuve la dicha de conocer en la espera de vuelo y vuelo un parque hermosísimo que está llenito de magia, paz y agua. En ese mismo viaje relámpago aprendí que la vida es corta y que muchas veces decidimos estancarnos en absurdidades que no nos dejan más que un mal sabor de boca y que si cada ser humano se dedica a ser feliz lo consigue, porque la gota vence a la roca no por su fuerza sino por su perseverancia.

El Parque La Llovizna es majestuoso, misterioso y hermoso. Justo esos tres “osos”. La gente de Puerto Ordaz lo goza tanto que está siendo utilizado para ejercicios matutinos, domingueros, primeros paseos de bicicletas de sus chamos, despeje, olvido, vida y amor. La brisa es otra cosa. Pega directico en la cara y sentirán que se quitan como unos cinco años y quedan jóvenes otra vez. 

Ese día, unos señores del parque me dijeron: “no camine tan lento, tenemos una anaconda suelta haciendo desastre.” Todavía me pregunto cómo fue capaz de decirme eso si era cierto, y si me estaba mamando gallo tampoco aplica. En fin, sin importar nada apresuré el paso, por si acaso. La caminería de piedras es lo máximo, todos nos tomamos fotos a mitad del sendero. Salen bellas las tomas allí. Se pueden ver peces y una que otra tortuga de agua dulce en las orillas. 

Cada tanto una mariposa azul nos alegraba la vida. Las perezas andaban con toda su paciencia de rama en rama y quedan bonitas en las fotos porque no salen movidas. Los árboles son imponentes, añejos y verdes. Si desean olvidar las locuras de la urbe, estos grandiosos seres los harán alucinar de felicidad. El montón de años que tiene lo demuestran con el pocotón de energía que regalan a quien quiera recibirla. Meditar aquí es lo más increíble que pueden hacer. No tienen que ser maestros del tema, solo siéntense de pies cruzados, cierren los ojos y borren las luces chiquitas que alumbran el día, el parque y sus árboles harán el resto. Mosca y se duermen.

El tema de seguridad en el parque me llamó la atención. Pasaban cada quince o veinte minutos por los caminos, observaban a las personas y si veían todo normal seguían el recorrido. Es un plus estupendo. No se preocupen si la tomadera de líquido o el ruido de las caídas de agua les activa al vejiga, los baños están bien limpios, no cobran por usarlos y no huelen mal.

Ahora a lo que venimos, a ver La Llovizna. Antes de llegar se les erizará la piel, el sonido es estrepitoso. Uno queda mudo. Si han oído un “palo de lluvia” multipliquen ese sonido por mil.  Y ahí la ven. Es enorme, blanca, espumosa. Es de verdad. Su fuerza te recarga las pilas perdidas en la caminata en un dos por tres. Son como veinte metros de altura de la caída. Por eso se llama así. Tanto ruido, tanto alboroto de agua que parece que está cayendo un aguacero monstruoso.

Aquí la cosa es otra. Desayunar al pie de ese torbellino acuático no juega carritos. Es pasmoso. En el muro que colocaron para poder reposar y mirarla reflexioné muchas cosas, me molesté por otras y también decidí unas cuantas. La experiencia es galáctica. 

En la entrada del Parque La Llovizna pueden alquilar un paseo en tren que es recomendable sin andan con personas mayores, con problemas para caminar o algo así. No le hagan esa maldad a los chamos, déjenlos correr todo esos pasillos naturales, las parejas deben soltarse las manos y agarrarlas de vez en cuando para recordarse, los solitarios deben respirar bien hondo y los grupos podrían no gritar salvajemente porque se perderían de las palabras del bosque. El Teatro de Piedra no lo pude disfrutar como quise, estaban recuperando la grama y tenían condicionado el paso a esa área.

Venden panes para desayunar, jugos naturales, mi amada agua de coco, chucherías y más. Claro, como bien lo hemos conversado, la bolsa de plástico que llevan guardada en el bolso es para meter toda esa basura que generan. Hay pocos pipotes de basura, pero esto no es excusa para ensuciar.  

Instalaron una churuata gigante a mano izquierda (de adentro hacia afuera) para que saliendo compren artesanía perfecta. También tienen un amplio estacionamiento.

En fin, viajeros, el Parque La Llovizna es un lujo para nosotros los venezolanos. Somos unos afortunados. Vayan. Camínenlo. Y ábranle los brazos a la fuerza fantástica de su caída de agua.

Recuerden dejar todo mejor de cómo lo encontraron, Puerto Ordaz entero se los va agradecer de antemano.

Viaje bueno.

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